El monstruo del armario
Marcos estaba cansado de no poder dormir bien. La misma historia cada noche, la misma interrupción, los mismos gritos y llanto desesperados. Cansado de tanto drama se decidió y entró a la habitación de su hijo pistola en mano, cartucho completo cargado. El pequeño de 5 años le miró lloroso, hasta que su padre le tendió el arma y le dijo que ya era hora de ponerle un alto al monstruo del armario. La sonrisa del niño, y su alivio, fue todo un poema.
Esa madrugada se oyeron, en lugar de llantos y gritos desesperados, tres tiros secos en la habitación de al lado. Marcos sonrió satisfecho pensando que, de ahora en adelante, por fin podría conciliar el sueño.
A la mañana siguiente acudió contento a la habitación del niño, que dormía a pierna suelta, y procedió a buscar un abrigo para llevarle a visitar a los abuelos. El horror vino cuando descubrió el rastro baboso y sanguinolento que se perdía en el fondo del armario hasta un hueco de la madera. A partir de esa noche, Marcos es quien duerme con la pistola amartillada.
Regresos
-Ven a verme.
La voz al otro extremo del teléfono se clavó en su cerebro removiendo mil sentimientos que creía enterrados y que resurgían cual zombies putrefactos desde un lejano pasado. ¿Acaso no estaba superado ese amor tóxico? ¿No había cambiado y dado un nuevo giro su vida? Y ahora bastaban una llamada y tres palabras para mandar la cordura al abismo. Ni siquiera un por favor, ni siquiera una excusa, una justificación, algo. Nada. Sólo el imperativo de su voz semi cavernosa, esa voz que le perdía y le seguía perdiendo. ¿Pero a dónde ir a buscarle? Hacía tanto que se había marchado... hacía tanto que le dejó destrozando su vida, su razón...
Si, iría a verle, le encontraría. ¿Cómo? No sabía. Dejándose guiar por ese instinto intoxicado que una y otra vez le había llevado a torturarse visitando los mausoleos de su amor. Hasta encontrarle, hasta poder confrontarle de nuevo y descargar ese manantial de odio macerado que como un zombie le carcomía ahora el cerebro.
Amamos tanto a Jack
Mira, ese es Jack, nuestro adorado asesino nato. No importa que cada noche salga furtivamente a merodear por los callejones en busca de su presa, al acecho, con la sangre fría que le caracteriza. Casi siempre se cobra al menos una víctima, a quien abre con su característica precisión por el vientre, dejando un reguero de órganos internos. Y después regresa a casa, tras dejar un rastro de sangre que se aleja del callejón y se desvanece mucho antes de regresar al hogar.
Lo sé es un asesino despiadado; alguna vez llegó a traer una de sus víctimas al jardín, el susto que se llevó la abuela al encontrar el cadaver despanzurrado... y la regañiza que le puso al pobre, debías de haber visto sus dulces ojos verdes entrecerrados de tristeza, se sentía realmente compungido por haber molestado a la abuela y nunca más vlvió a hacerlo. Si, sigue matando, lo sabemos, ¿como negarlo? Después de todo, sale noche tras noche con su paso furtivo y al día siguiente lo ves tirado plácidamente en su sofá, con esa cara suya de satisfacción mientras se relame los bigotes.
Amamos tanto a Jack.
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Para Mary Lovecraft, con cariño.
Agricultura
Pues simplemente no acabo de verlo claro, será que soy un poco corto o que sigo siendo un niño para según qué cosas. La cuestión es que aún puedo recordar la imagen del tío Facundo en el noticiario de las 4, tirado en el piso abatido a tiros y con el cuchillo jamonero de la abuela fuertemente apretado en la mano. Y las palabras de la locutora de marras, con ese tonillo cansino de persona afectada que no se cree ni su madre. En fin, que aún recuerdo su sensiblero discurso, cerca del asesino serial que iba dejando un rastro de sangre por las calles de la ciudad mientras sembraba el terror. Y sigo sin entenderlo. Si es que el tío Facundo estaba sembrando el terror ¿Qué pensaba cosechar, aparte de la flor carmesí que brotó de su pecho cuando la policía le descerrajó dos tiros?
Gremlins
¡Maldita sea! ¿Cuántas horas faltan para que amanezca? ¿Cuántas para que esas infernales criaturas dejen de saltar incontroladamente por todos lados y terminen su destructivo paso? Lo peor es saber que me lo tengo bien merecido por no hacer caso a las indicaciones y darles de comer pasada la medianoche. pero ¿cómo resistirse a esos ojos tan dulces de cachorro indefenso? Y ahora no hay dios que los detenga. La de pasta que me va a costar arreglar todo esto. Pero eso si, tengo bien aprendida mi lección. Mañana temprano se van a la guardería aunque no hayan pegado ojo en toda la noche y nunca, nunca jamás, les vuelvo a dar refresco de cola pasadas las 4 de la tarde. ¡He dicho!
Retorno
Los retornos nunca son sencillos, es de todos bien sabido, aunque las cosas sigan igual a como las dejamos algo siempre cambia. Ya lo dijo aquel viejo filósofo: nunca nos bañamos en el mismo río. Y en mi caso las cosas no han sido diferentes, el retorno está siendo algo demasiado complicado, en primer lugar porque me enterraron más de 6 metros bajo tierra cuando volaron en pedazos esta cueva, y en segunda porque el reanimador es una bestia que no sabe distinguir una gallina negra de un pato.
¿Qué tal?
-¡Hombre! ¡Cuanto tiempo sin verte! ¿Qué ha sido de tí?
-Pues nada, perdí la casa, me corrieron del trabajo, mi mujer me dejo y para colmo me han detectado cáncer en el pancreas...
-Ya... ¿Y por lo demás qué tal?